Cómo México duplicó su mancha urbana en 30 años sin construir transporte ni servicios
Un estudio reciente documenta tres décadas de expansión descontrolada que alejó viviendas de empleos y consolidó ciudades fragmentadas e insostenibles.
México duplicó su superficie urbana entre 1990 y 2020 mediante un modelo inmobiliario basado en construir viviendas de interés social (casas baratas con financiamiento público) en las periferias, sin planificar transporte, servicios ni empleos cercanos. Ese patrón creó ciudades fragmentadas, tiempos de traslado de hasta tres horas diarias y dependencia del automóvil, según documenta un estudio reciente.

Entre 1990 y 2020, la superficie urbana de México se duplicó, pero ese crecimiento no vino acompañado de transporte público, servicios básicos ni empleos cercanos. Según un nuevo estudio publicado por investigadores del Tecnológico de Monterrey y la UNAM (la Universidad Nacional Autónoma de México), ese modelo de expansión —impulsado principalmente por el sector inmobiliario privado— creó ciudades fragmentadas donde la población debe recorrer distancias cada vez mayores para trabajar, estudiar o acceder a servicios de salud.
El análisis, que abarca las principales zonas metropolitanas del país, muestra cómo la construcción masiva de conjuntos habitacionales en la periferia (viviendas de interés social, a menudo en desarrollos cerrados alejados del centro) respondió a incentivos económicos y fiscales, no a necesidades de planeación urbana. Las desarrolladoras compraban suelo barato en las afueras, construían miles de casas sin infraestructura adecuada y las vendían con financiamiento público. El resultado: colonias dormitorio sin acceso a transporte, escuelas o centros de salud cercanos.
Los investigadores documentan que ese patrón se repitió en ciudades como Guadalajara, Monterrey, Puebla y Querétaro, donde la mancha urbana creció más rápido que la población. Mientras el número de habitantes aumentó un 40% en esas tres décadas, la superficie urbanizada se expandió más del doble, consolidando un modelo de baja densidad (pocas viviendas por kilómetro cuadrado) que hace imposible financiar transporte público eficiente o mantener servicios básicos.
El estudio señala que ese modelo no solo generó problemas de movilidad —tiempos de traslado de hasta tres horas diarias en algunos casos— sino también ambientales y sociales. La expansión horizontal consumió tierras agrícolas, aumentó las emisiones de CO₂ (dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero) por la dependencia del automóvil y consolidó patrones de segregación espacial, donde quienes viven en la periferia tienen menos acceso a oportunidades laborales y educativas.
Según informó Wired en Español, los autores del análisis advierten que revertir este patrón requiere cambios profundos en la política de vivienda y planeación urbana: priorizar la densificación (construir más viviendas en zonas ya urbanizadas) sobre la expansión horizontal, regular la especulación inmobiliaria y vincular obligatoriamente la construcción de vivienda nueva con la provisión de transporte y servicios. Sin esas medidas, concluyen, las ciudades mexicanas seguirán creciendo de forma insostenible.


